
Me habías esposado las manos al respaldo del asiento, vestido, junto al caballete donde ultimaba mi nuevo cuadro. Reflejaba dos chicas ataviadas de época, la una de perfil, la otra mirándola, ninguna de cara al espectador.
Entre los colores que estaba usando en el cuadro, pocos, sobresalía el rojo. Rojo idéntico al que te iluminó en el apartamento, a las medias que llevabas cuando Mongo te morreó gustosamente el chocho y te folló brutalmente por el culo.
Era incapaz de olvidar aquella tarde. Como tú. Y cómo disfrutábamos cuando me la comentabas, besándome la polla. De noche, en la cama, juntos, enamorados.
Sin embargo, para hoy habías tenido una idea propia, de la que no me adelantaste nada. Para sorprenderme, esta vez tú a mí.
Estabas preciosa. Una ajustada camiseta azul oscuro, con chaqueta y falda de cuero negro haciendo juego, y zapatos de tacón.
Me bajaste la cremallera y me sacaste la polla. Pequeña, blanducha, amorfa. “Verás como se pone…”, susurraste con una sonrisa.
Te devolví la sonrisa, revolviéndome un poco en el asiento. Imposible desatarse.
“Cariño…” empecé a decir, pero me interrumpiste: “Calla, estoy muy nerviosa. Voy a hacer para ti algo que no he hecho nunca”.
Sólo con oír eso mi polla se agitó un poco. Pasaste un dedo por mis labios, añadiendo “Y te gustará tanto que aprobarás mi nuevo capricho. El de hoy lo ideé la semana pasada, con la mano en el chichi. Copiándote alguna idea. De entrada, que no hables”.
Asentí y justo entonces sonó el timbre. Mi cuerpo dio un respingo. Iba a preguntarte, cuando recordé que no podía hablar.
Tú simplemente dijiste: “Que espere”.
¿Qué espere, quién? Eras tú esta vez quien había captado a alguien, alguien que iba a verme así. Atado, con la polla fuera del pantalón junto a mi nuevo cuadro… Intranquilo, luché contra las esposas e iba a hablar cuando tu mirada pidió silencio, diciéndome: “La semana que viene viajas para cinco días. Pues uno de esos voy a ser más mala que nunca. Me lo pide el cuerpo, el corazón, el cerebro, todo. Y con lo que voy a hacer, te pondrás más celoso de lo que puedes imaginar”.
Eso me relajó, calentó e inquietó. Todo al mismo tiempo.
Sonreíste apreciando el efecto que habían surtido tus palabras. En mi expresión y en mi polla.
Acto seguido, te apartaste de mi lado y abriste la puerta, diciéndome
“Pero primero, esto. Tengo que convencerte”. Justo entonces una chica entró tímidamente, cerrando la puerta con idéntica actitud.
Era de tu estatura, pero más joven y muy pálida. Bonita y delgada, quizá demasiado, con aire aniñado, vestida informalmente. Una blusa blanca, cazadora vaquera, una corta falda amarilla, zapatos deportivos. Ojos verdes y su largo pelo rubio peinado con desenfado. No parecía española.
“Verás que espectáculo, cariño”, anunciaste con una sonrisa muy prometedora.
Sin más demora, te pusiste a besar a la recién llegada. Primero con mimo, ternura incluso, por las mejillas, la nariz, hasta llegar a los labios. Poco tiempo hizo falta para que ella insinuase la lengua. Y cuando me quise dar cuenta vuestras lenguas estaban confundidas, calientes, mientras os acariciabais con pasión por todas partes, abrazadas de pie.
Para ser tu primer encuentro lésbico, parecías disfrutarlo como si nada te gustase más.
Interrumpisteis el beso cuando no os quedaba más aliento. Entonces, ordenaste: “enseña a mi marido tu chocho de zorra”.
La chica arrojó a un lado la faldita y un diminuto tanga, asimismo amarillo, se acercó a mí, se dio la vuelta y se abrió por completo, con las manos en las nalgas y curvando el torso en tu dirección. Provocativamente, me preguntaste “¿Te gusta?”
Empezó a menear, ligeramente. Lo hacía muy bien, con elegancia, y su entrepierna, sonrosada y depilada a la perfección, era apetitosa.
Entonces te acercaste a ella, y le quitaste la cazadora y la blusa. Sin prisa, besándola, tocándole los pezones.
“¿Te pone lo que ves, amor?”, y justo entonces te pusiste a tocar ese chochito abierto por detrás hacia mí, mientras ella refugiaba su cabeza en tus tetas. No podía despegar los ojos de tus dedos jugando con esa rajita.
La acercaste todavía más a mí, de forma que sus piernas rozaran mis rodillas. Pero no mi polla, durísima. Veía nítidamente tus dedos empapándola, olía incluso a la chica.
“¿Te gustaría comértela, amor?”
La tocabas abriendo bien sus labios, y penetrándola con todos tus dedos. Y, aunque no podía verlo bien, de vez en cuando incorporabas su carita para darle un buen lametón en la boca.
“¿O preferirías hincársela hasta el fondo, y ensuciar su chichi de niñata?”
La jovencita gemía de placer, en silencio. Obviamente, también a ella le habías prohibido hablar.
“No, ya sé. Estás deseando follártela por el culo. Para hacerle daño. Por puta”.
Mi cuerpo tembló, adivinaste que mis ojos estaban fijos ahí.
Cuando parecía que la chica iba a correrse, dejaste de tocarla y os alejasteis un poco. Situándoos ahora de perfil ante mí. Tú completamente vestida, ella sólo con sus zapatillas deportivas. Vino tu segunda orden, “De rodillas”.
Ella obedeció automáticamente, y tú dejaste caer tu falda. Tampoco conocía este tanga, translúcido pero negro como tu conjunto de piel.
Temblé de excitación cuando dijiste “Voy a castigarte, por haber enseñado el chocho a mi marido”.
Ella, de rodillas, humilló la cabeza. Lo que habría dado por poder soltarme, al oírte añadir “Cómeme, zorrita”.
La chica se te arrimó y, tras besarte encima, delicadamente te bajó el tanga por las piernas. Cuando cayó al suelo, te abriste toda para que yo no perdiese detalle. Y ella empezó a besar, dulcemente, entre tus piernas.
Jamás había visto esto, y nunca imaginé que lo vería. Era delicioso, una tortura exquisita. ¿Te inspiró ver que estaba pintando un cuadro con dos chicas?
Ella seguía besando, pero rebajando la ternura e incrementando la lascivia. Mientras, con una mano te tocabas las tetas y con otra acariciabas el pelo de la arrodillada jovencita.
Me miraste, y con los ojos te supliqué que me soltaras. Al menos una mano. Así podría masturbarme, siquiera.
Todo fue en vano.
La chica enriqueció los besos acariciándote las nalgas. ¿Me habías copiado también la idea de que ella no usara la lengua?
Me equivoqué. Justo al pensar eso, ella te empezó a chupar. Con avidez, como si tu jugo íntimo fuera una bebida y ella estuviese sedienta.
Era increíble, una boca femenina, bonita y sensual, en el chocho de mi esposa, besando y lamiendo. Podía haber mirado durante horas.
Pero en ese momento te superaste a ti misma. Sacando un látigo negro de un bolsillo de la chaqueta. El mango era diminuto, y las cuerdas, pequeñas, estaban enroscadas, por eso no lo había visto.
Le aplicaste un primer latigazo en las nalgas, diciendo “Mi marido no puede ver más chocho que el mío, cerda”. Ella dio un respingo, pero no dejó de chupar golosamente. “Y tú se lo has plantado en el morro”, reprochaste con un segundo latigazo.
Mi polla estaba más dura que nunca, cuánto disfrutaba viendo y oyendo aquello, como me hubiera gustado agregarme.
Vino un tercer latigazo, mientras decías “encima estabas empapada, como la guarra que eres”.
La chica clavaba los dedos en tus nalgas, saboreando tu chocho como si le fuera la vida en ello. Sus bien torneadas nalgas iban enrojeciéndose, latigazo tras latigazo.
Cuánto más te calentabas, más fuerte la flagelabas. Y más se calentaba ella. Y más gozaba yo.
“Empapada, porque te gusta que te soben las mujeres y te deseen los hombres. Como buena zorra que eres.”
El nuevo latigazo motivó que la chica gimiera de dolor y placer a la vez, varias correas le habían rozado el chocho…
Veros así no tenía precio. Tú en pie, látigo en mano, desnuda de cintura para abajo con zapatos de tacón. Ella de rodillas, sólo con sus zapatillas blancas de jovencita.
El orgasmo paralizó tu mano, a medio camino de un nuevo latigazo. Un orgasmo escandaloso, que parecía no terminar nunca, mientras ella conservaba la boca en tu entrepierna y te sujetaba por las nalgas para que no cayeras del temblor.
Fuiste relajándote poco a poco, mientras yo os miraba, maravillado y expectante a la vez.
Recuperaste la voz, para decirme “perfecta mi esclavita, no?
Ella abandonó tu entrepierna pero siguió en el suelo. Sentada con una pierna cruzada sobre la otra, mirando hacia abajo.
Dirigí la mirada de tus ojos hacia mi polla, y respondiste “No. Ni se puede correr ella, por puta, ni tú, por haber babeado ante su chocho”,
Yo seguía excitado a más no poder… y al tiempo embriagado por la experiencia. Por todas y cada una de las ideas que tuviste. Añadiste: “Es vuestro castigo”.
La polla ya bajaría. Después de todo, me había corrido con la vista, además varias veces.
Mientras recogías la falda, dejando el tanga tirado, me preguntaste, espaciada y provocativamente “¿Qué… en tu próximo viaje... me dejas ser… más mala… de lo que puedes imaginar?”.
Con la polla todavía dura, respondí “Estoy deseando subir al coche”.