Me pediste que procediera así, mientras lo preparabas todo… y te preparabas tú.
Estábamos excitados, no podíamos pensar en otra cosa. Ambos queríamos que yo supiera cuanto antes lo que hiciste durante mi viaje, y no sé cuál de los dos estaba más impaciente.
Me había masturbado varias veces en el hotel, tan lejos de casa, de ti. Especulando con lo que estarías haciendo, o quizá habías hecho ya. Pensé de todo. Porque me habías prometido ponerme más morbosamente celoso que nunca, gracias al permiso que me arrancaste en el estudio, haciéndome ver algo imprevisible: una linda niñata saboreando tu chochito, y recibiendo latigazos por haber plantado el suyo por detrás, depilado y aromático, ante mi asombrada cara.
Sentado en el tresillo, empecé a beber el “coco loco” que me habías preparado.
¿Por qué no me habías anticipado nada por teléfono, qué sentido tenía que no te viera yo en acción, como siempre, cómo diste un paso adelante?
Tu aparición cortó mis cuitas. Asombrosamente, te habías vestido con un bikini de playa pequeño, cuyo elegante color plata, interrumpido por líneas verticales amarillas, resaltaba sobre tu piel bronceada. Sonriendo, dijiste “Como ya no vienes a la piscina conmigo, quería que lo vieras”.
Adoptaste posturitas para que lo apreciara bien. Estabas guapísima, ese bikini te sentaba fantásticamente, y te lo dije con la mirada, con mi asentimiento, con mi sonrisa.
En la mano, llevabas un sobre un poco abultado, tamaño folio.
Iba a preguntar, pero me cortaste sentándote a mi lado y susurrando “Te mueres por saberlo todo. Y yo porque lo sepas”.
Era evidente mi expectación. En otro caso, me habría lanzado sobre ti, de atractiva que estabas así. A mi lado. Vestida de playa pero en la intimidad del hogar. Singular y excitante idea, como todas las tuyas.
Bebí un poco más, escuchándote decir “Verás, ya se sabe que eres un loco de las historias de intriga”. Asentí, atraído por este inicio. Seguiste, mirándome a los ojos: “Pues bien, he creado una. Real, pero de acuerdo con tus fantasías”.
Me empalmé automáticamente. Quería abrazarte, meterte la lengua en la boca… pero me reprimí, pidiéndote con la mirada que siguieras.
“Imaginé que contrataste un detective para que me espiara durante tu viaje. Por si me había vuelto tan puta que… ya no me bastara con que me alquilases ante tus ojos”.
Tragué saliva, maravillado. ¡Amor mío, tu creatividad nunca decae!
Seguiste: “Y tu detective ha hecho un gran trabajo. Aquí están las pruebas, para que lo compruebes”, y me entregaste el sobre, añadiendo: “Pero no puedes preguntarme nada. Estás solo. Aquí, en casa. Has aprovechado mi ausencia para recibir al detective. Él acaba de dejarte el sobre, tú le has pagado, y se acaba de marchar. Yo estoy en la piscina. Vestida con este bikini, embadurnada de aceite bajo el sol, con una pierna tumbada y la otra bien abierta hacia un lado, para atraer la mirada de todos los hombres. Jóvenes, maduros, viejos”.
Asentí, aceptando tácitamente las condiciones, y desgarré nervioso la apertura del sobre. Estaba excitadísimo. Y no sólo en la polla, erecta bajo el kimono.
Te arrimaste más, pero sin tocarme, para ver el contenido a la vez que yo.
Era un montón de fotografías tamaño folio, con contraste perfecto de colores y un revelado óptimo. Un trabajo de profesional.
Lógicamente, supuse que las fotos guardaban un orden pensado, y así comencé a verlas.
La primera eras tú en una alcoba adornada informalmente, vestida sólo con tu gabardina blanca ligera y unos zapatos de tacón. En la segunda, ya no aparecía la gabardina. Obviamente, era lo único que llevabas para ir a esa casa, debajo nada. Estabas bien maquillada y tu depilación era perfecta.
En la tercera foto, un joven vestido con chándal te abrazaba por la cintura, mientras tú apartabas ligera y coquetamente la boca. El vecino.
¡Habías ido a su casa, estabas con otro sin tenerme delante!
Pero cómo habías organizado…
Parecía que me leíste el pensamiento, porque susurraste “Recuerda que no puedes preguntarme nada. Yo estoy en la piscina, calentando”.
En la siguiente foto, ya estabas en la cama. Obscenamente abierta, sonriendo provocativa; en un lado se veía parte del vecino, de espaldas.
En las dos posteriores, te masturbabas, siempre con el vecino en el encuadre, mirándote.
No pasé a la siguiente. Cómo habías sido capaz, esto ya no era un número para mi voyeurismo, sino adulterio… Entonces hablaste: “Te veo y siento desde la piscina. Y necesito que digas si te gusta”. Sin apenas voz, reconocí “La verdad es que… sí…”. Añadiste con tono sensual “¿Pero no te sabe a poco?”. Asentí, alucinado de lo que estaba advirtiendo en mí. A lo cual susurraste “Pues sigue, mi amor”.
Sofocado, pensé algo que aún no se me había ocurrido, por culpa de la excitación: “¿Quién ha hecho estas fotos?”. Pero no podía preguntarlo, era un pacto, traicionaría tu idea del detective prodigioso…
Bebí un poco y miré la siguiente foto. Dios. Seguías en la cama, abierta, pero estabas acariciándote el chochito con… el tanga rojo de red que regalaste al vecino tras metértelo bien dentro, tiempo atrás. Él se te había acercado, además.
Las siguientes eran planos más cercanos, con tu expresión extasiada lamiendo el interior del tanga. Mientras le mirabas a él, a la cámara, a mí. Posabas como nunca te había visto hacerlo en las fotos personales, se te notaba radiante.
Me detuve de nuevo, y recuperé el vaso para otro trago, más largo.
Mi esposa haciendo eso en la casa de un vecino, conmigo de viaje.
El corazón me latía agitadamente, mi polla estaba ardiendo. ¿Había estado yo tan alterado alguna vez, como viendo esas fotos, esas pruebas? Lo dudo. No sólo era excitación, había algo más hondo. Satisfacción malsana.
Tu voz volvió a intervenir: “¿Crees que puedes soportar más, cariño?”. Fui incapaz de responder, conteniendo los deseos de girar la vista para ver tu expresión. Ante mi mutismo, hiciste otra pregunta “¿Pero quieres más, verdad?”. Instintivamente, respondí bien alto “¡Sí!”. Y pasé a la siguiente foto.
Por fin se veía al chico de cuerpo entero. Seguía vestido, con la entrepierna abulta bajo el pantalón del chándal. Con una mano te tocaba una teta, con la otra te acariciaba el chocho con ese tanga que tanto le gustaba y significaba para él. Parecía que quería metértelo. Posiblemente fue una de sus fantasías desde que te vio hacerlo.
En efecto, en la siguiente te había introducido al menos la mitad del tanga, por fin lo hacía él. Su expresión era de ilusión absoluta, la tuya de vicio extremo. Maravillosa foto, sin duda.
Sofocado de placer enfermizo como nunca, se me escapó un “¡Más!” y pasé a la siguiente foto. Oí cómo te removiste en el tresillo. Claramente, a tu manera no estabas menos alterada.
Tuve que cerrar los ojos durante un segundo. La polla del chico, no muy larga pero realmente ancha, ahora estaba en tu cara. Tu boca, cerrada, estaba pegada al centro de su erección, con tus ojos entornados y los suyos muy abiertos. Nunca te había visto tan bella, tan fascinante.
Pasé a la siguiente, y, deprisa, a otra, y otra. Eran primeros planos de tu rostro. Besabas la polla del chico, la lamías. Mientras tus ojos me miraban, me veían desde la imagen, me reconocían.
En un santiamén, te pusiste a mis pies y comenzaste a besarme los huevos. No podía apartar los ojos de cierta foto con tu boca bajo los cojones del chico.
Abrí las piernas, y tras darme un lametón en el culito dijiste “Si quieres sufrir realmente de celos morbosos… sigue”.
Gemí de placer, sofocado. Añadiste, “De lo contrario, déjalo ya”.
Justo al oír esto, pasé velozmente a la siguiente imagen.
Volvía el plano general. El chico en pie, al borde de la cama, tú de rodillas, en ella, con los tacones destacando y el tanga tirado sobre el colchón. Su polla había entrado a fondo en tu preciosa boca.
No podía dejar de mirar esa foto. Era una obra maestra. El cerdo de mi vecino y la zorra de mi esposa, los protagonistas. ¿Pero quién era el autor, cómo la hizo el detective? Mientras miraba y pensaba, tu lengua pasaba de mi culito a mis cojones, sin rozar siquiera la polla.
Pero la siguiente foto era mejor, si cabe. La polla del chico estaba ligeramente fuera de tu boca, y un buen chorro de semen resbalaba de tus labios.
Apenas verla, me dijiste “Es la foto en que se corre en mi boquita de puta, ¿verdad?”
No dije nada, sólo recordé que me habías dicho que ibas a ser más mala de lo que podía imaginar.
Qué emoción tan especial, Susy. Nunca había visto más semen que el mío en tu amado rostro. Y ahora estaba viéndolo. En una foto.
Qué guapa, tan puta estabas. Qué maravilla de imagen.
Qué extraordinaria idea la de contratar un detective fotógrafo.
Hundiste la lengua a tope en mi culito, penetrando como nunca lo hiciste en tus besos negros.
Mientras, mis ojos estaban pegados a la imagen. Inmortalizaba un vecino corriéndose en la boca de mi esposa. Siempre existiría la foto. La hizo alguien, lógicamente. Y no puedo preguntar quién es.
Nunca había vivido una experiencia comparable.
“¿Cuál era la idea?”, pregunté, desquiciado por los celos, disfrutando como nunca de nuestro sentido de la fantasía. A mis pies, respondiste “Que lo vieras, sin haberlo visto”. “Un matiz nuevo”, contesté como pude.
Empezando a chuparme la polla, respondiste “Justo. Así siempre tendrás a mano imágenes de lo zorra que soy. Por si te falla la memoria”.
Quedaban pocas fotos, por desgracia. Pero en la siguiente se veía aún mejor la eyaculación del chico sobre tus labios. Obviamente, acumuló todo el semen posible para la ocasión. ¿Con cuánta anticipación le habrías avisado?
“¿Te gustó?”, pregunté, con tu boca subiendo por mi polla. “¿No se nota?”, respondiste, hablando con el aliento, besándome la punta.
El vecino no te había penetrado, únicamente masturbado con el tanga y corrido en tu boca. ¿Acaso porque esto no se lo había permitido yo a Mongo?
Resistí lo suficiente para mirar otra foto más. Estabas relamiendo un dedo lleno de semen, con buena parte del rostro pringado por todo lo que te echó. En esta foto, sólo se te veía a ti. Mirándome, en primer plano, con una expresión increíble. No había visto foto más obscena en mi vida. Y la modelo era mi esposa, eras tú.
Volviste a leerme el pensamiento, sin duda. Porque me pediste mimosamente “Enseña esta foto a Mongo… por favor”. Asentí, maravillado por enésima vez con tus geniales ideas. Pero fue el colmo. Apenas terminar tu petición, no podía aguantar más, había sido demasiado. Y con mi mano dirigí la polla hacia tu rostro, eyaculando quién sabe cuánto. Presenciando la lluvia de semen en tu cara anhelante, desencajada por el morboso placer que me habías proporcionado, orgullosa como mujer de la genial idea que tuviste y desarrollaste.
Acto seguido, cerré los ojos.
¿Cómo podía yo haber disfrutado tanto con aquello? .
Con tu instinto amoroso, captaste que no quería abrir los ojos, ni podía hablar. Estaba demasiado alterado. Dulcemente, me preguntaste: “¿Que estás pensando?”. No tuve más remedio que responder “Que el detective se merece una propina”.


















