Prohibido Menores de 18 años

Prohibido Menores de 18 años
Si eres menor de edad, abandona ya esta página, ALTO CONTENIDO ERÓTICO.

Traductor

miércoles 4 de noviembre de 2009

13

DOS MEJOR QUE UNA...


Apenas salir de la oficina, me rogaste que te volviera a llevar, cuanto antes. Una vez al día me lo pedías, por lo menos. De noche, no dejabas de comentarme cuánto gozaste, chupándomela.

Pero yo me negaba. Fue excesivo. Exageré con la idea de que encarnaras una fantasía específica de un hombre concreto. Te estabas volviendo, o te estaba volviendo, excesiva y peligrosamente morbosa.

No es que me arrepintiera, exactamente. Pero pensaba que llegó el momento de parar, por el bien de nuestro matrimonio. Al menos durante una temporada, para reflexionar si valía la pena continuar en esa dirección.

Así acababa de indicártelo, una vez más, en mi estudio, a la vez que estudiaba los progresos en el nuevo cuadro. Una joven bailaora flamenca, mirándose ensimismada en el espejo, de perfil, con los labios cerca del cristal.

Sonreíste, desde el sofá para las visitas, realzada por el vestido de otoño. La ropa de entretiempo sienta muy bien a tu cuerpo. Ese cuerpo, por cierto, que diversos hombres habían disfrutado durante nuestra larga separación del verano. Y una mujer, también.

Te devolví la sonrisa. Todavía te quedaban múltiples detalles que desgranarme de todo lo que hiciste, y te hicieron, estando yo de viaje. Sin embargo, claramente la fantasía de la oficina arrasó todo eso en tu emotividad. Me lo habías insinuado a veces, de hecho. Por eso, ahora sólo querías volver a ser la secretaria del viejo señor Pardo. Interpretar un papel te excitó tanto que querías volver a hacerlo, además el mismo.

Súbitamente, cortaste el silencio para preguntarme:

“¿Seguro que no volverás a llevarme a la oficina?”

Negué con la cabeza, sin más. Tu reacción fue mirar el reloj, sonreír y añadir:

“Pues voy a convencerte, ahora mismo”

Justo en ese momento, sonó el timbre. Fuera lo que fuese, lo habías cronometrado al milímetro. Elevaste la voz para decir:

“Está abierto. Entren, suelten el bulto y márchense”.

De inmediato, dos jóvenes operarios latinoamericanos se plantaron en el centro del estudio, depositaron en el suelo por el asa una jaula grande, cubierta por un material tupido y fuerte, y se fueron sin soltar palabra.

Me quedé atónito. ¿Qué había allí dentro, una pantera?

Casi acerté. Porque te incorporaste de inmediato, extrajiste unas tijeras del bolso, desgarraste el envoltorio… y dejaste que reconociera tras los barrotes de la jaula a tu esclava.

Di un respingo, alucinado. La recordaba a la perfección, cómo no. Su imagen era idéntica: tez, tipo, cabellera…. Igual de joven, igual de nívea, igual de guapa, igual de tentadora. Pero ahora estaba completamente desnuda. Y con unas esposas negras encadenando sus pies.

¡Es lo último que podía esperar!. Sonriendo ante mi reacción, preguntaste:

“¿Te gusta este cuadro, cariño?”.

No podía desviar la mirada de la chica, con el fino y curvilíneo cuerpo encogidito, las manos en los barrotes. Y los ojos fijos en mí, azules, bellos, expresivos.

El efecto era hipnótico, no sólo sensual. Ella lo advirtió, lógicamente, y se relamió, meneando. Parecía preguntarme “¿quieres?”.

Cortaste mi ensimismamiento abriendo con una llavecita la puerta de la jaula, y ordenando “sal”.

Te obedeció de inmediato, gateando con las palmas de las manos, arrastrando los pies.

“¿Te acordabas de ella, verdad, cariño?”

Asentí, aún no había recuperado el habla. Entonces, en pie ante mí, dijiste provocativamente:

“Claro. Seguro que no has olvidado su chochito depilado y apetitoso… … sin poder catarlo… sólo verlo, olerlo… porque estabas atado… a la misma silla de ahora”

Mientras hablabas, la chica besaba tus lujosos zapatos. Pero mirándome a mí, sin desviar nunca la vista.

“Susy, esto es una locura”, conseguí balbucir… “sabes que no quiero más mujeres que…”

“Que yo, por supuesto”, me atajaste. Añadiendo, mientras ella ahora besaba tus piernas, por encima de las medias, “Y desde luego tú a mi esclava no le vas a meter nada… Ni tocar siquiera… Eso sólo conmigo, tu querida esposa”.

“Mira…”, empecé a decir, incorporándome para encararte.

Volviste a interrumpirme: “Has hecho bien en levantarte”. Y con una sonrisa irresistible, agregaste “Niña, ya sabes lo que tienes que hacer”.

Gateando, la muchacha se arrodilló ante mí, y, sin dejar de mirarme, me bajó lenta y sensualmente los pantalones y calzoncillos. La mixtura de sumisión y lozanía que despedía su mirada era enloquecedora para cualquier hombre. Cierto, no había podido olvidarla. Menos su olor íntimo, penetrante y delicado a la par, que subía hasta mi rostro con un efecto embriagador.

Es más, olerla a mis pies, verla desnuda con los tobillos esposados, había terminado de empalmarme, en cuanto sus manitas comenzaron a rozar mi ropa.

Ahora mi gran erección estaba justo ante su precioso rostro, pura tentación. Obviamente, leíste mi expresión, porque dijiste “No te la va a chupar, cariño”.

Como si esa frase fuera una indicación, y posiblemente lo era, la esclava apartó su dócil inmovilidad para gatear… hasta mi espalda. Acto seguido, te arrodillaste y ocupaste su sitio.

Cuando me quise dar cuenta, las manos de la chica empezaron a acariciar y abrir mis nalgas, con un tacto delicioso. Encantado, la ayudé arqueando las piernas. Tú empezaste a besar mi erección, preguntando mimoso “¿Sigues seguro… de que no te voy a convencer?”

Acariciándome los muslos, la chica empezó a besarme la rabadilla, las nalgas, con extrema dulzura. Al tiempo, tú lamías sensualmente mi polla, de arriba abajo.

“Pensé que si tu zorrita no podía convencerte sola… lo lograría con su sierva”.

Te acaricié el pelo. Silente, cerrando lo ojos, concentrado en sentir a fondo ambas lenguas arrodilladas ante mí. Tu esclava por detrás, tú por delante.

“Conozco mi macho, sé cuánto le gusta que le laman… por todas partes… mientras le hablan… y demuestran sumisión”.

La esclava no hablaba ni, probablemente, hablaría. Tampoco había insinuado la lengua. Por el momento, restregaba su rostro, su boca, por mis nalgas, con un mimo indescriptible.

“¿Qué tal mi idea?”, me preguntaste, acariciándome los cojones, la entrepierna mientras lamías. Abrí los ojos, y mi expresión te respondió por mí. Eres extraordinaria.

“Amor, tienes que volver a llevarme a la oficina… no puedes ser tan cruel para dejarme con las ganas”. En cuanto dijiste esto, suplicante, la chica añadió la lengua a sus faciales armas empleadas. “Seguid…”, farfullé.

“Quiero volver a interpretar ese papel, quiero que ese viejo asqueroso vuelva a tratarme así”. La chica ahora me lamía el culo, con una sensibilidad exquisita, para reforzar tu petición. ¿Algún día me dirás de dónde la has sacado? Erguido, sofocado, abrí más las piernas, casi hasta descoyuntarme.

“Sí…”, alcancé a decir. Porque en ese momento tuvisteis una idea genial para incrementar aún más mi excitación. Sin dejar de chupar, me acariciabais las nalgas, los muslos, la entrepierna, las dos a la vez, pero de forma que yo sintiera que vuestras manos también se acariciaban entre sí.

“Quiero que sea otra vez boca abajo… en esa misma mesa donde me folló tan bien… primero por el chocho… después por el culo… recuerda”, decías, entre lametón y lametón. Mientras, la esclava metía más y más la lengua en mi culo, a fondo, sin acusar problemas de respiración.

Tras tener mi polla un buen rato en la boca, la sacaste para decirme mimosa: “Además… quiero responder a lo que me anticipó mi jefe… quiero que sus clientes me hagan lo que quieran”.

Ya sabía yo que no te iba a bastar con Pardo, estaba seguro de que no ibas a parar hasta satisfacer ese deseo suyo, tuyo, de ser la guinda carnal de los contratos por firmar, los negocios por cerrar. En esa oficina donde gozaste de un espectacular orgasmo anal, con las bragas rotas.

Mientras la esclava no dejaba de chuparme el culo, volviste a sacar mi polla de tu boca para decir besándomela, y como si me hubieras leído el pensamiento:

“Quiero que traiga a sus clientes… Y espero que sean como él. Cerdos sesentones… con esa polla grande y dura de la vieja guardia… que me traten como a la guarra que soy”.

La lengua de la esclava, la tuya, vuestras caricias conjuntadas, tus palabras. Todo ello a la vez me habían despertado una excitación como nunca sentí.

“¿Me imaginas… en la mesa… con dos de esos viejos trajeados a la vez… o tres?”

Fue el colmo, y estallé en una eyaculación brutal, interminable, sobre tu hermoso rostro. La recibiste con la expresión extasiada y los ojos entornados, mientras tu esclava iba sacando despacio la lengua de mi culo.

Lo que esta maravilla de chica hizo después, supuso el inmejorable colofón: despacio y sensualmente, se arrimó a tu cuerpo y fue lamiendo mi semen de tu rostro, hasta no dejar ni una gota. Sin dejar de mirarme, como si me preguntara con los ojos “¿te gusta lo que ves?”.

Cuando hubo terminado, fuiste tú quien tomó la iniciativa. Que consistió en fundir tu boca con la de ella en un beso pringoso, increíble, maravillosamente interminable.

Cuán golosamente os lamíais los labios, abrazadas. Tú vestida por completo, y tan elegante; ella desnuda, con los grilletes esposando sus pies. Y cómo le metiste la lengua a tu esclava hasta la garganta, como si quisieras recuperar para ti hasta la última gota del semen de tu marido.

Acto seguido, me mirasteis. Desde el suelo, abrazadas, sonrientes. Encantadas con haberme satisfecho de una forma tan especial.

¿Qué podía decir? Al menos la verdad, te la habías ganado con creces.

Y la dije, hablando entrecortadamente, mientras mi polla iba relajándose… pero mi admiración por ti permanecía:

“Sé que Pardo ya ha hablado de ti con gente… Porque notó lo puta que eres... captó que te gustaría volver… Y volverás, Susy. Te lo has ganado… Además, para nuestro matrimonio… conviene”.

viernes 9 de octubre de 2009

74

SI, SEÑOR!


Me volviste a llevar al edificio donde tanto disfruté siendo la puta de Mongo. Pero no al mismo apartamento. Ni a ningún otro.

Querías algo distinto, y yo estaba deseando brindártelo. Siempre lo estoy, de hecho.

Así, entramos por el otro ascensor, en el lado B. La zona donde alquilan no apartamentos sino pequeñas oficinas. Para negocios modestos o temporales. O para otras cosas. A gusto del cliente.

Como siempre, no me dijiste nada de lo que habías preparado. Sólo supervisaste mi vestuario. Un traje de chaqueta abierta y falda semilarga, blusa suelta y collar discreto, con tacones prudentes. “La perfecta secretaria fina”, aprobaste.

Abriste la puerta de la oficina mientras terminaba de perfumarme, me cediste el paso y cerraste de un taconazo. Justo como en el apartamento donde íbamos con Mongo. Pero había dos grandes diferencias: la luz entraba por la ventana e iluminaba todo, y había un hombre sentado en el tresillo, esperando.

El corazón me dio un vuelco. ¡Mi segundo cliente!.

Le saludaste con una sonrisa, mientras sentí un escalofrío.

Era pálido y de estatura media, con una barriga considerable y la calvicie avanzada. Cercano a los sesenta años, quizá varios más, vestido con un traje de rebajas. Ni guapo ni feo, simplemente común. Pero con unos ojillos de guarro que me desnudaban despacio y a conciencia.

Seguía nerviosa e incómoda, por el impacto. No sabía que postura adoptar, ignoraba cómo estaba reaccionando mi expresión, cara a cara con aquel desconocido que iba a alquilarme…

Complacido por sorprenderme así, te dirigiste hacia el mueble-bar, diciéndole:

“Ésta es mi puta de confianza”

Él asintió serio, acentuando la lascivia en su mirada, y yo sonreí, más calmada y orgullosa de tus palabras, insinuante incluso, aprovechando para ojear de soslayo la estancia, bastante pequeña. Una mesa de trabajo, con una carpeta en el centro. Un ordenador grande, sin impresora a la vista. Una silla giratoria detrás, pegada a la ventana. Otra idéntica, delante. Poco más: el tresillo, el mueble bar, un cuadro penoso, una estantería vacía.

Eso sí, me alucinó que en la mesa hubiera la típica foto familiar enmarcada. ¡Porque en ella aparecía mi cliente!, junto a una señora de su edad y dos chicas de doce o catorce años, los cuatro elegantes y sonrientes. ¡Había llevado la foto a fin de personalizar la oficina para su fantasía!.

Tu voz interrumpió mi inspección:

“Tantea el producto, hombre, mientras cerramos el precio”.

No se lo hizo repetir. Levantándose, indicó con los dedos que me diera la vuelta. Obedecí encantada, mientras tú le relevabas en el tresillo y él se situaba a mi espalda, despidiendo un olor mezcla de sudor masculino y perfume barato. Me encantan los hombres detrás.

En un santiamén, sus manos empezaron a palparme por encima de la ropa. Primero, la cintura. Después, las caderas. Luego, los muslos. Cuando creía que irían hacia las nalgas, subieron hacia mis pechos.

Cerré los ojos y me relamí. ¡Por fin otro cliente!... tras el gran Mongo.

“¿De primera, eh?”, preguntaste.

Él siguió con su inspección manual, de arriba abajo. Respirando hondo, recreando su tacto por encima de los tejidos. Sentía su aliento en la nuca. No tardó en colar sus manazas bajo la falda, y empezar a sobar. Y digo sobar porque es la palabra justa. No acariciaba. Sobaba, con sus manos arrugadas y ansiosas.

No quisiste que me pusiera tanga sino unas bragas más tradicionales, de color beige y con encaje. Debajo, por supuesto, estaba depilada, como siempre quieres, exiges.

El sujetador hacía juego, y las medias eran autoadhesivas, de idéntico color y con una rejilla discreta.

Cuando sus dedos llegaron al chocho, lo toqueteó primero por fuera de las bragas, enseguida por dentro. Lo hacía mal, no sabía masturbar a una mujer. Pero precisamente su bastedad estaba excitándome, y como jamás pude anticipar en un hombre tan ordinario.

“¿Qué tal su almejita?”, preguntaste rabioso. Y celoso.

“Cien euros”, respondió mi admirador, con su mano izquierda jugando con mis senos, por encima de la ropa, y la derecha captando cuán húmeda estaba ya mi intimidad.

“¿No te interesa su culo?”, respondiste, alterado.

¡Amor mío, cómo estaba poniéndome!. ¡Estabas regateando, como si yo fuera un animal de venta en una feria de ganaderos!. ¡Es fantástico, seguid, seguid así los dos!... supliqué para mis adentros, con los pezones erectos y la raja pringosa.

La respuesta del cliente fue acariciarme el culito, placer que le facilité abriendo más las piernas, todo lo posible, y reclinándome sobre la mesa, con las manos en palmas. Si era un hombre y no tenía órdenes tuyas en contra, me sodomizaría con algún dedo sin más tardar.

Lo hizo. Con dos. Diciendo “Veamos…”

Grité, abriendo los ojos. ¡Cuánto me gustó!

Girando un poco la vista, vi lo que habías sacado del mueble bar. Un helado de cucurucho, que lamías despacio, absorto en el espectáculo que estábamos brindándote.

“Ciento cincuenta”, fue la nueva oferta del cliente. Con la voz temblorosa, pero bien alta, y dos dedazos a tope en mi culito.

“Ponlos en la mesa. Que vea su tarifa mientras la embistes”

¡Qué idea, cariño!. ¡Eres único!. ¿Cuándo has urdido esta fantasía tan genial?, ¿durante las semanas de verano en que no nos hemos visto, sabiendo a gusto cuándo, cómo y con qué gente te engañaba?

Las manos de mi cliente abandonaron mi excitado cuerpo, y sobre la mesa cayeron tres billetes de cincuenta. Uno tras otro, sin prisa pero sin pausas, cerca de la tópica foto familiar. Entonces llegaron tus instrucciones:

“Susy, es un ejecutivo y su fantasía es cepillarse a la secretaria en la propia oficina. Debes decir a todo que sí, y tratarle de usted, como ‘señor Pardo’. Él te tratará de tú, y como a la puta que eres”.

Asentí, encantada. Y chorreante.

Sin más tardar, esas zarpas volvieron bajo mi falda, atraparon mi preciosa braguita, cada parte con la mano correspondiente, y acto seguido la desgarraron. Y cuando quise advertirlo, la polla del directivo había entrado hasta el fondo de mi chocho, mientras gritó “¡Siempre quise clavártela!”.

Gemí un poco, por la violencia. No quiso jugar antes con mi rajita, tampoco entró progresivamente. Me hundió la polla, sin más.

Y no tenía sentido pensar en preservativos, sé que tú lo tienes todo calculado. Con un sugestivo margen para improvisaciones.

Empezó a follarme así, por detrás, lento pero fuerte. Sujetándome por las caderas de forma que me sintiera amarrada, con mis ojos mirando al exterior sin verlo realmente. Al tiempo, comenzó a hablar:

“Eres buena secretaria con mis órdenes. Pero desde ahora vas a serlo también con mi polla. Cuando me dé la gana”

“Sí, señor Pardo”, gemí, hablando por primera vez.

“Por eso, vendrás siempre así a la oficina. Depilada, y con medias. Para cuando se me antoje”.

“Sí, señor Pardo”, volví a gemir, turbada. Y tan maravillada con la fantasía que empecé a menear al ritmo de esa potente polla.

El muy cerdo se dio cuenta, lo advertí. ¿Lo notaste también tú, amor mío? Sin duda.

Acto seguido lentificó más las arremetidas, para prolongar el placer que sentía. Físico, por mi chocho. Mental, por la fantasía.

Me acoplé a su nueva cadencia, disfrutando también yo por ambas razones. Siguió follándome, con la respiración agitada. Usaba la polla mucho mejor que los dedos.

“¡Sabía que deseabas mi rabo viejo y duro!”, soltó, entusiasmado conmigo.

“Es verdad, señor Pardo”, asentí con sinceridad. Porque había entrado en el rol que me habíais asignado. Seguro que se notaba, que lo captabais cada uno a vuestra manera. Me sentía follada por mi jefe, encantada obedeciéndole con el chocho.

“Noté que te calentaba lo viejo que soy”, me dijo viciosamente al oído, acercándose.

“¡Sí!”, grité espontáneamente en justa respuesta.

Pensé en ese momento que yo conocía a su familia, que había hablado tan normalmente con su esposa y sus hijas, varias veces en esta misma oficina. Esto me calentó tanto que agregué en un arrebato “Más, por favor”.

“Eso quería oír”, contestó bajito, saboreando la situación. Yo estaba gozando con rara intensidad, dichosa de que mi jefe me tratara merecidamente.

Entonces llegó lo mejor. “Pero no sólo tendrás que hacerlo conmigo”, vociferó, con una voz casi histérica. Añadiendo: “tendrás que chupársela a quien me convenga. A clientes, de todo tipo. Y ponerles el culo”.

Oír esto me incendió tanto como a él decirlo. Y no exagero, amor. ¡Quise correrme oyéndolo, correrme hasta la locura! Sin embargo, justo entonces sacó la polla. Pero para dirigirla hacia mi culito, ese agujerito ansioso que sus dedos habían dilatado poco antes.

Mientras intentaba entrar, me ordenó:

“Besa los billetes que estás ganando”. Obedecí, alborozada con el trato. Agregó “Y ahora mira la foto. Que lo vea bien yo”. Obedecí también. Y me sentí increíblemente guarra mirando la feliz imagen familiar mientras el hombre de la foto entraba en mi hambriento culo.

Esta vez penetró despacio. Pero sin pausas ni miramientos, hasta llegar al fondo. En ese momento, mi grito debió de oírse en media España, y volví a cerrar los ojos, loca de turbación, de placer.

“¿Te gusta, eh?”, preguntó mientras me sodomizaba, con más nervio y menos control que antes.

No pude responder, y me agarré al borde de la mesa con ambas manos.

“¿Te gusta cómo tu jefe te jode por el culo?...¡Responde!”, fue su siguiente pregunta. En respuesta, acompasé mi movimiento al suyo, como antes, jadeando al ritmo de sus embestidas. Le encantó, y en pleno júbilo añadió:

“Pues así lo harán mis clientes. Aquí mismo”

“Sí, por favor”, supliqué, sin darme cuenta, fuera de mí.

“Tendrás tus propinas, claro. Por puta”

“Gracias, señor Pardo”, susurré, sumisa.

“Y quizá tengas que estar con más de uno… a la vez”, añadió, incrementando la velocidad y energía en sus arremetidas.

¡Esta advertencia fue el colmo, amor mío!. Intensificó todavía más mi calentura, por difícil que fuera.

¿Me dejas reconocer que estaba tan extasiada que olvidé que tú lo habías organizado, que mi amado esposo estaba mirando para satisfacer su necesidad de celos morbosos?

Había perdido el contacto con la realidad, cariño. Me sentía a solas con ese viejo cerdo de polla de hierro. Era una puta viciosa satisfaciendo a gusto la fantasía de un depravado, era una secretaria indecente en manos de su lascivo jefe. Las dos cosas a la par, nada más, nada menos.

Por favor, compréndelo. Tú me has hecho así. Y te encanta.

Justo entonces noté que el hombre iba llegando al climax. Pero también estaba llegando yo, sabes que cada vez tengo más facilidad para los orgasmos anales.

Temblando por el orgasmo, tumbada boca abajo en la mesa de cintura para arriba, aferrada a sus extremos. Sintiendo las bragas rotas rozándome las nalgas. Con él corriéndose furiosamente dentro de mi culito, gritando “¡¡MÍA!!”. Así fue cuando entreabrí los ojos y miré como pude hacia ti.

Apurabas el helado que quedaba en el largo cucurucho. No podía ver, por ello, tu boca. Pero sí los ojos, fijos en nosotros. Hinchados y enrojecidos como si sufrieras alguna fiebre.

El cliente seguía corriéndose, en espasmos, más y más. ¿Cuánto semen había ahorrado para la ocasión?.

Entonces advertí la última, gran novedad. No te habías abierto el pantalón, no te habías masturbado. Quisiste disfrutar sólo visualmente, sólo mentalmente. ¿En recuerdo de cuándo te brindé una esclava? Ya me contarás.

Extasiada, volví a cerrar los ojos. Aquella polla ya no se agitaba, pero seguía dura. Y no quería salir. Ni yo que saliera.

Entonces oí “¡ZORRA!”. ¿Lo dijo él o tú?

En cualquier caso, gracias infinitas por esta experiencia, amor mío.

Related Posts with Thumbnails

Premios Concedidos

Todos los derechos reservados